lunes, enero 19

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Cuando uno tiene 7 años, aparte de tener toda la vida por delante, tiene toda la imaginación al frente, eso es un hecho que nos mantenía atentos a nuestro alrededor. éramos de los pocos niños de sol, de los que salían a la calle, justo después de terminar la tarea; de los que regresábamos con la cara roja, sudando y mal olientes. el camellón central fue todo a lo largo de los años: Campo de batalla, una selva, una barco, un campamento, espacio para lecturas, sede de varias discusiones clave en cuanto a la distribución el territorio. el camellón, aparte de ser un respiro entre el pavimento, era la división por excelencia entre nosotros y “los de enfrente” aunque claro para ellos, nosotros éramos los de enfrente; siempre había pláticas entre nuestros padres, que uno no terminaba de entender del todo: “nuestras casas son residenciales, tienen más espacio, y claro la plusvalía es importante” para mí en ese entonces, todo era la misma cosa y lo sigue siendo, pues no entiendo como 100 metros pueden marcar un cambio que apenas y es perceptible. al final de todo, las torres de electricidad y la termoeléctrica que se asomaba amenazante al fondo de la colonia, seguiría siendo el factor que indicaba que todos estamos jodidos, lejos de la sociedad, simplemente en un rincón.

En esos tiempos, mi calle era una calle tranquila, donde las tardes se llenaban de niños corriendo y jugando por todos lados. Una de las pocas ventajas de tener una calle cerrada, la vida tranquila y mucho espacio para correr como idiota. Ésta calle cerrada brindaba una especie de tranquilidad-protección a los vecinos, pues apenas asomaba las narices un extraño y ya todos estaban al pendiente. Recuerdo pocas ocasiones en las que un vehículo extraño detuvo un partido de fútbol, incluso en las que avanzara más de tres casa antes de notar que la calle no tenía salida.

La colonia estaba llena de parejas jóvenes, que llegaban con maletas y sueños de un mejor futuro; todo parecía tan prometedor, tan limpio y con tantas posibilidades. nunca tuve un interés genuino por socializar en mi calle, pues para eso contaba con mis compañeros de escuela, que supongo, siempre dictan parte importante de las relaciones. mi madre se empeñó en informarse sobre cuál era la mejor opción en las cercanías, después de todo el recorrido terminaron inscribiéndome en una escuela que no quedaba tan cerca del todo, así que tuve que recurrir a un transporte escolar; en esos momentos, el transporte era mi telescopio a los lugares no explorados, pues desde la ventana podía ver los recorridos cercanos a casa, las calles aledañas, los vecinos y la gente de otras calles que también estaban a la sombra de todo el caos urbano. volviendo a la escuela, uno aprende que las colonias son microcosmos cada una con historias distintas y manías y maneras que para ese entonces me parecían de lo más extraño.

Las parejas que llegaron, al poco tiempo comenzaron a  traer más personas, e iban surgiendo las generaciones, pero al final de todo no existía una brecha generacional tan marcada. entonces un día por decisión y unión de todos, se llegó a la conclusión de que necesitábamos un parque, pues era peligroso que los niños jugaran en la calle. los vecinos comenzaron a levantar firmas y luego de toda la política y quejas tuvimos nuestro parque, que de parque no tenía nada. había escasos columpios, un resbaladero, un sube-y-baja y un pasamanos; arboles escuetos como varillas y mucha tierra, todo este fantástico mundo justo detrás de nuestra calle, en lo que solía ser un terreno baldío, accesible a través de otro lote baldío que la hacía de callejón al final de la cuadra.

Aun y con toda la tierra que implica, encuentros con arañas y bichos; las tardes en lo que era nuestro parque daban una nueva experiencia, pues lejos de utilizar los juegos, se volvió popular una especie de arroyo seco que se encontraba cerca; así como así, de pronto tuvimos nuestro propio espacio para deportes extremos, que turnábamos para lanzarnos en bicicleta entre los niños de otras calles y algunos mayores que llegaban con motonetas.


En la colonia, todo parecía seguir igual, bueno, esa era mi percepción en esos años. uno no notaba los engaños, reclamos, las historias densas que aguardaban entre cada puerta. la primera situación con la que lidiamos, fue el saber que la termoeléctrica  albergaba contenedores con residuos radioactivos; pero oigan, son los 90´s el cáncer era una enfermedad lejana que solo sucedía en las películas y que solo le pasaba a la gente que fumaba. eso creía.